Se ha demostrado por primera vez un método de espectroscopía electrónica de conversión para el núcleo de torio-229: el láser excita el isómero y la energía se transfiere a un electrón, que sale disparado del material (conversión interna). Esto funciona incluso en muestras opacas a la luz nuclear, como una película delgada de ThO₂, donde la pequeña banda prohibida favorece el proceso. El corto tiempo de vida del isómero (~10 μs) y la posibilidad de usar isótopos sin espín permiten reducir el tiempo de interrogación de los relojes nucleares en 10⁸ veces y disminuir su inestabilidad en 10⁴ veces, como si un cronómetro de altísima precisión dejara de perder exactitud por el temblor de sus piezas.
En el interior del núcleo del torio-229 hay una ratonera de gatillo fácil. Al ser golpeada por un láser, normalmente se cierra de golpe, liberando un destello de luz ultravioleta. Pero en muchos cristales, esa luz se sofoca —como una campana envuelta en tela—, haciendo que la trampa parezca silenciosa. Ahora, los físicos evitan la luz por completo: detectan el chasquido mismo atrapando el electrón que sale disparado cuando la trampa se activa. Este método, espectroscopía de conversión interna, lee el estado nuclear incluso a través de materiales que bloquearían la luz.
La recompensa es la velocidad. Al fabricar el cristal con un isótopo específico de torio, la trampa salta en apenas 10 microsegundos, cien millones de veces más rápido que esperar a la luz. Un reloj nuclear basado en esta lectura electrónica podría ser 10.000 veces más estable, llegando a perder menos de un segundo durante toda la edad del universo. Un reloj así pondría a prueba si la velocidad de la luz es realmente constante y buscaría grietas en el Modelo Estándar de la física.
🎯 La energía necesaria para activar la ratonera es de apenas 8,4 electronvoltios, fácilmente suministrada por un láser; la mayoría de las transiciones nucleares exigen monstruosos aceleradores de partículas.