En los nanomagnetos existen paredes de dominio: fronteras entre regiones con diferente magnetización. Los autores colocaron dos de estas paredes en un resonador óptico y, mediante un láser, crearon entrelazamiento cuántico: las vibraciones de las paredes se correlacionaron rígidamente. Curiosamente, la conexión resultó estable a temperaturas superiores a los milikelvins, mientras que antes estos trucos requerían frío extremo. Este enfoque nos acerca a crear dispositivos cuánticos que funcionen en condiciones reales.
Dentro de un imán, corren fronteras invisibles, como cuerdas tensadas entre zonas con distinta magnetización. Colocadas en una trampa de espejos, estas nanocuerdas caen bajo un 'arco' de luz: la luz que viaja a enorme velocidad las presiona y las hace vibrar al unísono. La presión de la luz sincroniza el temblor de las paredes, convirtiéndolas en un único instrumento cuántico.
Los científicos han dominado el ajuste preciso del brillo y color de la luz atrapada, así como de la 'tensión' magnética que sujeta las cuerdas. Gracias a esto, el entrelazamiento se mantiene a temperaturas de unas milésimas de grado sobre el cero absoluto, decenas de veces más altas de lo habitual. La cavidad funciona como un oído supersensible que lee la melodía cuántica de las paredes. La investigación prosigue el camino de Jeff Kimble hacia la ampliación de conjuntos cuánticos. Un poco más de calor y con estas cuerdas acopladas se podrán construir cúbits fiables para la computación cuántica.
🎯 El entrelazamiento cuántico normalmente teme al calor más que un muñeco de nieve al sol de verano. Pero estas paredes soportan temperaturas de hasta 0,01 grados sobre el cero absoluto. Para ponerlo en perspectiva: un experimento típico requeriría un frío cien veces más extremo.
🎬 Como sacado de la ciencia ficción: las partículas entrelazadas para la comunicación interestelar instantánea encuentran un prototipo real.