Con el telescopio espacial James Webb, los científicos investigaron cómo cambia el brillo de un par de enanas marrones, objetos más grandes que los planetas pero más pequeños que las estrellas. Resultó que las pulsaciones de luz no solo son causadas por las nubes, sino también por la inestabilidad química en sus atmósferas. Es como el parpadeo de la llama de una vela por el movimiento del aire y los vapores combustibles. ¿Qué clima esconden estos asombrosos mundos?
Las enanas marrones son más pesadas que los planetas, pero más ligeras que las estrellas. Su atmósfera es como una olla hirviendo: nubes de arena candente y gotas de hierro suben y bajan. El telescopio Webb observó durante mucho tiempo el par WISE 1049AB y, descomponiendo su luz en colores, notó un misterio: en la enana más cálida, la luz del metano y del monóxido de carbono parpadea mucho más que la del agua, aunque las tres provienen de la misma profundidad. Las nubes no son las culpables: en el interior ocurren reacciones químicas turbulentas. Como en una olla donde algunos condimentos suben más rápido al calentarse, estas reacciones se aceleraban y se detenían, provocando ondas en el brillo.
Además, recorren la atmósfera ondas gigantescas, exactamente como las que crean el clima en la Tierra, pero sin océanos ni tierra. Este baile químico podría ser la clave para predecir el clima en planetas lejanos.
🎯 Ondas químicas similares probablemente azotan también la atmósfera de Júpiter; simplemente no podemos verlas directamente.