Así como el parpadeo de una bombilla lejana revela su brillo real, los astrónomos, observando las fluctuaciones en el brillo de los núcleos galácticos activos, han medido distancias a rincones remotos del Universo. Resulta que la energía oscura quizás no sea constante, sino que cambia con el tiempo. ¿Qué más nos oculta el cosmos?
Dos métodos para medir la velocidad de expansión del Universo ofrecen una imagen contradictoria. Las mediciones basadas en explosiones de supernovas, realizadas por el equipo de Adam Riess, muestran una expansión más rápida que los datos del fondo cósmico de microondas —la luz remanente del Big Bang—. La diferencia es tan grande que no puede explicarse por casualidad: se trata de una auténtica crisis en la cosmología.
Un grupo de científicos siguió durante veinte años a los cuásares —los brillantes corazones de galaxias lejanas, donde se esconden gigantescos agujeros negros—. Su luz no solo es intensa, sino que fluctúa constantemente, como una llama al viento. Además, los cuásares masivos titilan más lentamente que los pequeños, igual que una gran hoguera arde de manera más estable que una diminuta vela. Al captar este patrón mediante mediciones precisas del brillo, los astrónomos aprendieron a determinar la distancia a los cuásares por el ritmo de su centelleo, convirtiéndolos en una especie de velas cósmicas.
Cuando se superpuso el nuevo mapa de expansión con los datos de supernovas obtenidos en su momento por Saul Perlmutter y sus colegas, surgió algo sorprendente: la energía oscura —esa misteriosa fuerza que separa el espacio— no siempre fue constante. Su densidad, al parecer, cambió a lo largo de la expansión del Universo. Esto descarta el modelo habitual de una energía oscura invariable y sugiere un destino inesperado: la expansión podría tanto acelerarse como frenarse repentinamente.
🎯 Un solo cuásar puede brillar más que un billón de estrellas como el Sol.