El telescopio James Webb observa la estrella TRAPPIST-1, una diminuta enana roja alrededor de la cual orbitan siete planetas del tamaño de la Tierra. Y ve algo inusual: las brillantes llamaradas de esta estrella apenas alcanzan los 3500–4000 grados. En comparación, una llamarada solar típica se calienta hasta los 9000–10000 grados. ¿Por qué tan frías?
La respuesta se esconde en la propia atmósfera de la estrella. TRAPPIST-1 es fría y densa, y en sus capas superiores abunda el hidrógeno molecular, ese gas en el que dos átomos de hidrógeno están unidos en un par. Cuando la llamarada intenta calentar este gas, los pares de hidrógeno comienzan a disociarse en átomos individuales. Romper cada par requiere energía, como estirar una goma elástica resistente hasta que se parte. La energía de la llamarada se gasta en romper enlaces, no en calentar. Por eso la temperatura no puede superar los 4000 grados.
En el Sol no existe tal termostato. Allí hace más calor y el hidrógeno molecular se disoció hace mucho en átomos individuales. Por eso las llamaradas solares se calientan más, hasta los 9000 grados, donde otro mecanismo, la ionización de los átomos, comienza a frenar el calor.
La investigación es importante para la búsqueda de vida en TRAPPIST-1: si las llamaradas son más frías de lo que se pensaba, su radiación ultravioleta podría ser menos dañina para las atmósferas de los planetas.
La temperatura de la llamarada en TRAPPIST-1, unos 3700 grados, es comparable a la del filamento de una bombilla incandescente, no a la de una llamarada solar.
En la serie 'The Expanse', los colonos viven en planetas alrededor de una enana roja, donde las llamaradas amenazan constantemente la tecnología; pero si son más frías de lo que creíamos, la vida podría sobrevivir.