La luz es una excelente herramienta para estudiar los tejidos, pero se apaga rápidamente en las profundidades del cuerpo. A pocos milímetros, los fotones se dispersan tanto que resulta imposible distinguir nada. Los científicos idearon una solución alternativa: en lugar de iluminar desde fuera, llevar una diminuta fuente de luz directamente al interior. El problema era cómo alimentar esa fuente sin cables.
La respuesta llegó con los ultrasonidos. Las ondas sonoras de baja frecuencia atraviesan el cuerpo casi sin pérdidas, por eso la ecografía puede ver órganos profundos. En el nuevo dispositivo, los ultrasonidos no solo "iluminan" el camino, sino que también transportan energía: un receptor compacto convierte las vibraciones acústicas en electricidad que alimenta un diodo láser pulsado. El diodo emite destellos de luz que los tejidos absorben, se calientan fracciones de grado y se expanden, generando una débil onda ultrasónica. Un sensor externo la capta y, a partir de esas señales, se reconstruye un mapa de absorción óptica.
Los investigadores probaron el método en un fantasma de 12 centímetros de grosor, aproximadamente la profundidad de la cavidad abdominal de un adulto. El dispositivo, del tamaño de una píldora, cumplió su tarea, mientras que la luz externa convencional no habría recorrido ni una décima parte de ese camino. En el futuro, este enfoque podría permitir explorar el tracto gastrointestinal, los vasos sanguíneos y otras zonas inaccesibles tanto para el endoscopio como para la iluminación externa.
El ultrasonido de aproximadamente 1 MHz se atenúa en los tejidos blandos cientos de veces más lentamente que la luz visible, por eso se utiliza tanto para diagnóstico como para transmitir energía.
La idea de "tragar una fuente de luz" recuerda a las cápsulas de las películas de ciencia ficción que viajan por el organismo y transmiten imágenes a la pantalla del médico.