Dentro de un espectrómetro de siete metros, que parece una columna alta, nacen los fragmentos del neutrón desintegrado. Para atraparlos se necesitan láminas de silicio del tamaño de una mesa de comedor y del grosor de un dedo. A temperatura ambiente, hacen ruido como una radio sin antena, así que los detectores se enfrían a -123 °C, más frío que en la noche más gélida de la Antártida.
No los enfría el típico nitrógeno líquido, sino una corriente de helio gaseoso. El helio es ligero e inerte: no interfiere con las mediciones y no se congela ni con el frío más intenso. Una bomba lo impulsa por un tubo cerrado, como la sangre por las venas: el helio toma el calor del silicio, lo lleva al refrigerador, se enfría y regresa. Todo el sistema mantiene la temperatura con una precisión de medio grado, como un termostato de incubadora para pollitos.
¿Para qué tanto esfuerzo? La desintegración del neutrón revela cómo la interacción débil controla las partículas. Las mediciones precisas ayudarán a detectar desviaciones del modelo estándar, por ejemplo, rastros de partículas nuevas. Si el detector tiembla por el calor, todos los efectos sutiles se ahogan entre interferencias. El silicio frío es un mar en calma donde se ve cada ola.
La temperatura de -123 °C es más baja que la de la superficie de Marte en una noche polar, pero más alta que la del nitrógeno líquido.