La fusión de dos estrellas de neutrones es como el golpe de un gong: un estremecimiento del espacio se expande por el universo, una onda gravitacional. Los detectores en la Tierra captan ese estremecimiento y, según su fuerza, calculan la distancia hasta la fuente. Pero la onda no viaja por el vacío: en el camino, los campos gravitacionales de los cúmulos de galaxias la curvan ligeramente. Es similar a cómo la luz de una farola tiembla al atravesar un vidrio mojado. Los astrónomos llaman a esta distorsión lente débil.
Normalmente, esta distorsión estorba las mediciones precisas de distancias. Pero los autores del nuevo trabajo proponen no descartarla, sino usarla como herramienta. Si se captan cientos de señales de fusiones de estrellas de neutrones, con las diminutas distorsiones de cada señal se puede calcular cuán desigual está distribuida la materia en el universo. Esa desigualdad se describe con el número sigma-8: cuanto mayor es, más agrupada está la materia en grumos: galaxias, cúmulos, filamentos.
El futuro detector Einstein Telescope podrá medir sigma-8 con una precisión del 10% si registra 300 fusiones de estrellas de neutrones con destellos electromagnéticos. El detector espacial LISA, que captará ondas de agujeros negros supermasivos, dará una precisión del 30% con solo 12 eventos. Esto permitirá comprobar cómo la materia oscura influye en el crecimiento de las estructuras y compararlo con lo que vemos en la luz ordinaria de las galaxias.
Así, el estremecimiento de catástrofes lejanas se convierte en una regla para medir la parte invisible del universo.
Una onda gravitacional de la fusión de estrellas de neutrones transporta en un segundo más energía de la que todas las estrellas del universo visible emiten en el mismo tiempo.
En la película 'Interstellar', los héroes usan anomalías gravitacionales para enviar mensajes a través del tiempo; en la realidad, las débiles distorsiones de las ondas gravitacionales nos ayudan a medir la estructura del cosmos.