El observatorio cósmico DESI recogió la luz de 1550 estrellas que explotaron y de millones de galaxias. Se esperaba que el universo acelerara sin obstáculos, como un coche que gana velocidad en línea recta. Pero los datos mostraron una leve deceleración.
Para captar la señal, los astrofísicos rastrearon el estiramiento de la luz de objetos lejanos y las ondas de densidad congeladas del universo primitivo. Un algoritmo matemático procesó los datos y prefirió el escenario en el que, además de la energía oscura (la fuerza repulsiva), actúa un diminuto componente atractivo. Este «freno» suaviza las contradicciones: la velocidad de expansión medida por distintos métodos por fin empieza a coincidir. Edwin Hubble descubrió que las galaxias se alejan, Adam Riess descubrió que esa expansión se acelera. Ahora sus colegas buscan dónde se esconde el freno.
La respuesta definitiva la darán Euclid y DESI. Mientras tanto, el cosmos es un automóvil que sigue acelerando, aunque en algún lugar bajo el pedal del acelerador aguarda un diminuto freno.
Si el freno cósmico existe, el vacío no está vacío en absoluto. En cada metro cúbico se esconde una energía negativa comparable a la masa de medio protón, y esto basta para frenar todo el universo.