Si la luz pudiera embotellarse, los científicos tendrían una cadena de montaje perfecta: una botella, exactamente un fotón, sin una gota de más. Estas partículas de luz individuales son necesarias para los ordenadores cuánticos y las comunicaciones seguras: transportan información que no puede ser espiada sin ser detectada. Pero emitir fotones de uno en uno y con precisión es más difícil de lo que parece.
Dentro del chip fotónico funciona un anillo diminuto, como una pista de carreras circular para la luz. Dos rayos láser entran en él, chocan y, a veces, muy raramente, crean un par de fotones nuevos: uno es la señal, el otro es el de trabajo. El de señal sale disparado y avisa: "Listo, tómalo". El de trabajo se pone en marcha. El problema es que normalmente o hay pocos pares, o las señales mienten con frecuencia.
Los autores del trabajo encontraron el punto medio. Variaron suavemente la "anchura del torno", es decir, la fuerza de acoplamiento entre el anillo y las guías de luz, y observaron cuántos pares se generaban y qué tan precisa era la señal. Descubrieron que si se deja pasar la luz un poco más libremente de lo necesario para el máximo de pares, el contador de pares se dispara por encima de 93 000 por segundo. Y si se abre casi del todo, la señal es fiable en el 97,87% de los casos. Es como ajustar un grifo para que el agua salga con un chorro potente pero sin salpicaduras.
Esta fuente de luz es como una máquina de fábrica bien ajustada: produce pieza tras pieza, casi sin defectos. En el futuro, en estos chips se podrían construir ordenadores cuánticos completos, donde cada fotón sea como un mensajero fiable con una carta secreta.
El contador de coincidencias en el experimento detectó más de 93 000 pares de fotones por segundo, como si cada segundo se encendieran y apagaran 93 000 bombillas, y cada destello fuera estrictamente individual.