Un termo con xenón líquido, enfriado a menos cien grados. Dentro, sensores sensibles que captan señales raras de partículas de materia oscura. Para sacar esas señales fuera, normalmente se usan cables de cobre. Pero en el camino largo la señal se debilita y los cables vecinos empiezan a "cuchichear" entre sí: eso se llama diafonía.
El nuevo método funciona como un traductor del lenguaje de la electricidad al lenguaje de la luz. La señal eléctrica del sensor hace que un láser brille más o menos, estrictamente proporcional a la fuerza de la señal. Esa luz viaja por una fibra óptica delgada hacia afuera, donde un fotodetector la convierte de nuevo en un pulso eléctrico. La forma de la señal se conserva, como si copiaras las notas de una partitura a otra sin perder ni un silencio.
A menos cien grados, el sistema transmite señales con frecuencias de hasta 150 megahercios, decenas de veces más rápido de lo necesario para los eventos más veloces en el detector. El rango de amplitudes alcanza medio voltio, y cada canal consume solo 70 milivatios, menos que una bombilla de una guirnalda navideña. Todo esto promete que los futuros detectores de materia oscura serán más compactos y fiables.
La fibra óptica casi no se calienta ni crea interferencias, por lo que se puede pasar directamente a través de la pared del criostato, el recipiente hermético que guarda el frío, sin riesgo de estropear el aislamiento térmico.
En la película 'Interstellar', los datos de los sensores cerca de un agujero negro se transmitían a la nave por radio; en los experimentos reales, la luz por fibra óptica trae las señales desde las profundidades heladas.