Los físicos usaron un cable común de 16 metros para crear, para los fotones individuales, un laberinto intrincado de escalones de frecuencia. Allí, las partículas de luz se comportan como en un pinball: podemos hacerlas saltar en una dirección u oscilar cambiando los ajustes. Es como cambiar de pistas en un sintetizador musical, donde cada tecla es un camino cuántico diferente. ¿Y tú, qué patrón de luz dibujarías en ese espacio de frecuencias?
Un fotón es como un auto en un estacionamiento de varios pisos, donde cada piso es su frecuencia (color). Normalmente se queda atascado en un nivel, pero los científicos agregaron un ascensor: un modulador programable que mueve al fotón entre pisos a voluntad. Este ascensor crea conexiones entre las frecuencias, convirtiéndolas en una especie de red artificial, que recuerda al método de estudiar la luz por sus frecuencias: la espectroscopía.
Cambiando el modo del ascensor, se puede lograr que el fotón deambule aleatoriamente por los pisos, oscile rítmicamente arriba y abajo, o se mueva estrictamente hacia arriba, sin retorno. En el experimento, un solo fotón nació en un cúbit superconductor —un átomo artificial desarrollado gracias a los descubrimientos de Bardeen— y corrió por un cable de 16 metros casi a la velocidad de la luz. La estadística de sus saltos obedeció a las leyes que estudió Roy Glauber.
🎯 La longitud del cable de 16 metros no es casual: estableció un paso entre los pisos de frecuencia de unos 10 MHz, para que pudieran distinguirse y controlarse por separado.