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El radón radiactivo se deposita en las piezas del detector y genera interferencias similares a las señales de partículas de materia oscura.
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El detector de materia oscura es como una habitación donde intentan escuchar un susurro, mientras cerca crepita la electricidad estática. Este crepitar lo producen los átomos de radón, un gas radiactivo que se filtra de los materiales y del aire. Al depositarse en las rejillas metálicas dentro de la cámara con xenón líquido, al desintegrarse arrancan electrones, imitando la señal de una partícula de materia oscura.
Los físicos construyeron un modelo de este ruido y lo compararon con los datos de los experimentos LUX y LZ. Los cálculos coincidieron, confirmando al culpable. Ahora está claro: para oír el susurro, hay que librarse del crepitar, ya sea limpiando más a fondo las piezas o cambiando el diseño, pues los eventos buscados tienen una energía de apenas unos pocos electrones.
Un giro curioso: el radón nace del uranio, que en dosis insignificantes está presente en los materiales del propio detector; el dispositivo genera interferencias contra sí mismo.
Las interferencias distorsionan el espectro energético, la distribución de electrones donde los físicos buscan anomalías que indiquen nueva física más allá del modelo estándar. Eliminar este fondo acercará la solución al misterio de la masa oculta del Universo.
El radón que interfiere en la búsqueda de materia oscura es el mismo gas que se acumula en los sótanos y es la segunda causa principal de cáncer de pulmón.