Una galaxia lejana donde nacen cientos de estrellas debería brillar en oxígeno. Así lo creían los astrónomos: las estrellas jóvenes y calientes calientan el gas, y este emite un característico resplandor infrarrojo con una longitud de onda de 63 micras. Es como el vapor sobre una olla hirviendo: una señal inequívoca de que algo bulle. Pero cuando el telescopio ALMA apuntó sus antenas a doce galaxias situadas a 12–13 mil millones de años luz de nosotros, la imagen resultó ser la contraria.
En lugar de manchas brillantes, vieron vacíos oscuros. El gas no emitía, sino que absorbía la luz proveniente del polvo situado detrás. Es como cuando una niebla espesa no brilla por sí misma, sino que apaga el haz de una linterna. En diez de las doce galaxias, la línea del oxígeno ni siquiera se ve en emisión, pero sí se aprecian claras líneas de absorción. Y esa absorción es muy intensa: en algunos lugares el gas es tan denso que su emisión cae por debajo del nivel que produce la propia radiación cósmica de fondo, la luz enfriada del Big Bang que llena todo el universo.
Pero también hay "ventanas" luminosas: estrechos canales por donde la radiación logra escapar. Aparecen donde hay menos polvo y el haz puede abrirse paso. Resulta que el oxígeno en estas galaxias lleva una doble vida: en unos sitios absorbe, en otros brilla débilmente. Las estimaciones previas del número de estrellas en formación, basadas en el brillo de esta línea, podrían estar subestimadas varias veces.
La radiación cósmica de fondo es la luz que quedó después del Big Bang. Está en todas partes y su temperatura es de solo 2,7 grados por encima del cero absoluto. En galaxias lejanas, este fondo resulta tan "cálido" comparado con el gas frío que puede iluminar las nubes por sí mismo.