Un único antiprotón, atrapado y enfriado casi hasta el cero absoluto, se comporta como un diapasón al que hay que golpear con mucha precisión para escuchar un sonido puro. Captar ese «sonido» directamente es casi imposible: la señal es demasiado débil. Los físicos de la colaboración BASE han ideado un truco ingenioso: junto al antiprotón, en la misma trampa, se encuentra un ion de berilio canal iónico que actúa como un micrófono sensible. El antiprotón y el ion están acoplados por el campo eléctrico, como dos bolas unidas por un muelle: si una se balancea, la otra responde al instante.
Midiendo la respuesta del ion de berilio, los científicos averiguan en qué estado se encuentra el antiprotón. Este método permite realizar ciclos de medición cientos de veces más rápido que antes y acerca la precisión al límite cuántico, esa frontera que la propia naturaleza no deja cruzar. Todo el montaje es un sistema complejo de varias trampas enfriadas a temperaturas criogénicas: con ese frío, el ruido térmico casi se congela y la débil señal del antiprotón puede distinguirse.
El objetivo es poner a prueba una de las simetrías más estrictas de la física, la simetría CPT. Esta afirma: si se reemplaza una partícula por su antipartícula, se refleja el espacio y se invierte el tiempo, las leyes de la naturaleza no cambian. Cualquier violación, por pequeña que sea, significaría que hay una grieta en nuestra comprensión del universo. Hasta ahora no se ha encontrado ninguna grieta, pero la precisión de las mediciones sigue aumentando, y cada nueva cifra decimal es un paso hacia lo desconocido.
El ion de berilio utilizado como «micrófono» es en sí mismo un objeto cuántico: su estado puede leerse con un láser sin destruirlo.
En la serie «Star Trek», la antimateria se usa como combustible para los motores de curvatura, pero allí nadie mide el momento magnético del antiprotón con precisión de doce cifras decimales.