En la década de 1940, mucho antes de que existieran los sensores modernos, en la Tierra ya había instrumentos que captaban partículas provenientes del espacio. Cuando ocurría una potente erupción en el Sol, esta expulsaba un flujo de partículas cargadas: partículas solares energéticas. Llegaban a la Tierra y dejaban su huella en las antiguas cámaras de ionización, similares a latas metálicas sensibles a la carga. Cuatro de estos eventos, ocurridos en 1942 y 1946, permanecieron durante mucho tiempo sin mediciones precisas: los datos estaban dispersos en archivos y no habían sido digitalizados.
Ahora, los investigadores reunieron los antiguos registros de distintas estaciones alrededor del mundo y los convirtieron a formato digital. Esto permitió reconstruir cómo variaba el flujo de partículas con intervalos de 1 a 15 minutos. Resultó que dos tormentas aumentaron lentamente, en 45 y 105 minutos, mientras que las otras dos golpearon de forma abrupta, en solo 15 minutos. Esta diferencia sugiere que los mecanismos de aceleración de partículas en el Sol fueron distintos: algunas erupciones actuaron como un calentamiento lento, otras como un impacto instantáneo.
Al comparar las lecturas de los instrumentos en diferentes latitudes, los científicos estimaron la "dureza" del espectro de partículas, es decir, la proporción de las más energéticas. Dos tormentas resultaron extremadamente duras y dos moderadas. Esto es importante para el pronóstico del clima espacial: tales partículas pueden dañar satélites e interferir con las comunicaciones por radio. Los datos antiguos, como fotografías encontradas en un archivo, ayudan a ver el panorama completo.
La más potente de aquellas tormentas, la tercera en orden, dejó la huella más fuerte en los detectores polares: allí las partículas penetraron más profundamente.