Un rayo de luz dibuja un patrón sobre un cristal delgado, y por ese patrón el calor corre en la dirección deseada, como el agua por un canal excavado. Así funciona el nuevo método para controlar flujos de energía a distancias de decenas de nanómetros, cientos de veces más delgado que un cabello humano.
Dentro del cristal de óxido de molibdeno surgen ondas especiales: los polaritones fonónicos hiperbólicos. Se asemejan a las vibraciones elásticas de la red cristalina que transportan calor, pero no se mueven en todas direcciones, sino solo a lo largo de ciertas direcciones. Es como si el sonido en una habitación no se propagara en forma de esfera, sino como un haz estrecho.
Antes, para generar estas ondas, se depositaban sobre el cristal discos o tiras metálicas cortadas con precisión nanométrica. Eso era lento y costoso. Ahora, en lugar de metal, se usa un láser: calienta localmente la capa inferior de material In₃SbTe₂, que cambia sus propiedades y se convierte en 'rieles' para los polaritones. El patrón puede borrarse y dibujarse de nuevo, como con tiza en una pizarra.
Los científicos probaron el método en diferentes estructuras. Por ejemplo, un disco dibujado con láser enfocaba el calor tan bien como un disco de oro fabricado de manera convencional. Y con dos discos se construyó una cavidad donde los polaritones quedan atrapados, como la luz entre dos espejos. Variando la distancia entre los discos, se puede ajustar cuánto se concentra el calor en el centro.
Este enfoque ahorra tiempo y dinero, y, sobre todo, permite reconfigurar rápidamente el dispositivo para una nueva tarea. Quizás pronto los microchips se enfríen o transmitan señales no con electricidad, sino con flujos de calor dirigidos, controlados por la luz.
Los polaritones fonónicos hiperbólicos pueden transportar calor miles de veces mejor que el propio cristal por el que se desplazan, algo así como un tren lleva carga más rápido que una persona caminando.