Cuando un panadero amasa la masa, por los granos de harina se puede saber de qué molino proviene. Lo mismo ocurre con la Tierra: la composición del hierro en sus profundidades guarda memoria de dónde nacieron los fragmentos que formaron el planeta. Antes parecía que el hierro de la Tierra era similar al hierro de los meteoritos que llegaron de los confines del sistema solar, de regiones frías y ricas en hielo. Pero una nueva y muy precisa medición mostró que la similitud es engañosa.
El hierro tiene varias variedades de átomos: isótopos. Uno de ellos, con 58 partículas en el núcleo, es más raro que los demás. Fue precisamente este el que reveló la diferencia. El hierro del manto terrestre y el hierro de los meteoritos de la parte exterior del sistema difieren en este isótopo raro.
Esto significa que la Tierra no se formó a partir de bolas de nieve que llegaron de lejos. Su hierro proviene de la parte interior y cálida del sistema solar, de cuerpos rocosos que orbitaban cerca de la joven estrella. Tales cuerpos no han sobrevivido hasta nuestros días como meteoritos, pero su materia pasó a formar parte de nuestro planeta. La Tierra creció gradualmente, colisionando con sus vecinos del anillo interior, como una bola de nieve que rueda por un sendero pedregoso, no por un ventisquero.
El isótopo hierro-58 constituye solo el 0,28% de todo el hierro de la Tierra, pero fue precisamente él el que ayudó a distinguir el hierro "nativo" del "foráneo".