El láser de diamante convierte casi la mitad de la energía de bombeo en brillante luz amarilla, con una eficiencia del 47,7%, todo un récord para este tipo de dispositivos. Pero su principal virtud no es la potencia, sino la excepcional pureza del color: el rayo es tan monocromático que podría compararse a un instrumento musical que emite una sola nota sin el más mínimo temblor.
La frecuencia de la luz se estabilizó utilizando las líneas de absorción del vapor de sodio, ese mismo elemento que da el familiar tono anaranjado a las farolas. Gracias a esto, la inestabilidad se redujo a 6 hercios: si la frecuencia del láser fuera el tictac de un reloj, el error no superaría un segundo en un millón de años.
Esta estabilidad abre la puerta a telescopios capaces de observar las atmósferas de exoplanetas lejanos, y a ordenadores cuánticos donde cada fotón debe llegar exactamente a tiempo.
Ese mismo amarillo que ilumina las farolas se lleva aquí al límite de la precisión: su frecuencia es inalterable con una exactitud de milmillonésimas.