Inmediatamente después del Big Bang, idea propuesta por Georges Lemaître, el cosmos era un caldo oscuro de hidrógeno y helio. Luego se encendieron las primeras estrellas —enormes, cegadoramente brillantes y calientes, como chispas de una hoguera cósmica. Vivieron con furia y murieron jóvenes, esparciendo los primeros elementos pesados. La mayoría se apagó hace mucho, pero, como demostró Edwin Hubble, el universo se expande, y en galaxias remotas, bolsas de gas prístino todavía dan a luz a estos gigantes. El telescopio James Webb caza su luz.
La clave está en la huella espectral. Los cúmulos jóvenes de estas estrellas emiten un brillo potentísimo en la línea del helio ionizado. Esta "huella de helio" es tan brillante que los instrumentos del Webb la captan a más de 13 mil millones de años luz. Las estrellas comunes, contaminadas con elementos pesados, no pueden producir tal destello —como leña mojada que no enciende. Incluso en galaxias donde dominan las estrellas maduras, Webb distingue guarderías estelares aisladas donde las chispas prístinas vuelven a encenderse.
Detectar este resplandor de helio significa ver cómo el universo pasó de la oscuridad a la luz.
Si una estrella gigante prístina como esa se encendiera cerca de nosotros, brillaría decenas de millones de veces más que el Sol y evaporaría todos los océanos en pocos segundos.