En un cristal se puede generar un sonido de tan alta frecuencia que el oído humano no lo percibe, y hacer que ese sonido corra en círculos, como un tren por una vía circular. Los ingenieros tomaron una fina película de nitruro de silicio, la depositaron sobre un sustrato de niobato de litio y grabaron en ella pistas para ondas sonoras. El resultado es un chip acústico del tamaño de una uña, en el que ondas de aproximadamente mil millones de oscilaciones por segundo se propagan casi sin pérdidas.
La pieza clave del circuito es un resonador anular, un «anillo» sonoro por el que la onda puede dar vueltas durante mucho tiempo. Sobre él se construyó un oscilador: un dispositivo que emite una señal eléctrica de una frecuencia estrictamente fija, como un metrónomo que nunca se desvía. La frecuencia es de 1 gigahercio, mil millones de oscilaciones por segundo. La precisión resultó alta: el ruido de fase (la fluctuación de la frecuencia) a una separación de 100 kHz fue de -159 dBc/Hz, un nivel comparable al de los mejores osciladores de cuarzo, pero en un tamaño cientos de veces menor.
Estos chips acústicos abren el camino hacia dispositivos cuánticos donde el sonido actúa como intermediario entre cúbits superconductores y fotones. Una onda sonora en un cristal puede almacenar información cuántica durante más tiempo que una señal eléctrica en un cable, y transmitirla sin calentamiento. Quizás los futuros ordenadores cuánticos zumben a frecuencias que no oímos, pero que controlan sus cálculos.
La frecuencia de 1 GHz es un millón de veces más alta que el sonido más agudo que percibe el oído humano (unos 20 kHz). Si esa onda viajara por el aire, su longitud de onda sería menor de un tercio de milímetro.
En la novela de Arthur C. Clarke «Light of Other Days», los agujeros de gusano transmiten sonido a través de una red cristalina, algo parecido a cómo las ondas sonoras viajan por el nitruro de silicio en este trabajo.