Un reloj atómico es un péndulo que late a la frecuencia de la luz. Dentro de una trampa, un ion de aluminio está suspendido, y un láser lo sondea como un diapasón. Si la frecuencia del láser coincide con la frecuencia propia del átomo, este responde. Esa respuesta es la que se usa para calibrar el reloj.
Durante mucho tiempo, los cálculos de precisión se hicieron como si el átomo tuviera solo dos estados: el fundamental y el excitado. En realidad, hay más niveles, y el átomo excitado puede decaer no a un solo estado, sino a varios distintos. Los autores del trabajo tuvieron en cuenta esta ramificación. Resultó que si se observa a dónde cae exactamente el átomo tras la desintegración y se descartan las mediciones fallidas, el reloj se vuelve notablemente más preciso: la ganancia es de hasta 4,5 decibelios. Es como si un tirador no contara los disparos en los que le tembló la mano.
Este enfoque es especialmente útil para los relojes de iones, que ya están llegando al límite impuesto por la vida media del estado excitado. Los científicos propusieron un protocolo de medición concreto para relojes basados en el ion de aluminio-27 y calcularon nuevos límites de estabilidad. Ahora, la precisión no está limitada por nuestra ceguera ante las desintegraciones, sino por la propia naturaleza del átomo.
Un reloj basado en un solo ion de aluminio-27 se desviaría solo un segundo en 33 mil millones de años, más del doble de la edad del universo.