En una habitación oscura parpadea una lámpara invisible. Su luz no se parece a la habitual: no tiene un brillo constante, solo ráfagas raras pero potentes. Esto es un vacío comprimido brillante: un estado de la luz en el que no hay una onda ordinaria, pero sí fuertes fluctuaciones cuánticas. Con esa luz, los físicos bombardearon átomos de xenón.
Cada ráfaga arranca un electrón del átomo electrón. Las trayectorias de las partículas emitidas se combinan en patrones caprichosos, parecidos a una telaraña. Un láser ordinario desdibuja estos patrones, pero el vacío comprimido, por el contrario, los hace más nítidos. La razón está en los pares de trayectorias nacidos de la misma ráfaga. Se mueven de manera coordinada, como dos bailarines que se agarran de las manos, y por eso no pierden el ritmo. Las trayectorias de ráfagas diferentes no coinciden en fase y son filtradas por el ruido.
Este efecto no es solo un truco bonito. Muestra que las fluctuaciones cuánticas pueden servir como un filtro que selecciona las trayectorias cuánticas deseadas. En el futuro, esto permitirá controlar reacciones químicas o el movimiento de electrones en materiales con una precisión sin precedentes.
El vacío comprimido es tan «vacío» que, en promedio, contiene cero fotones, pero sus ráfagas pueden ser más brillantes que las de un láser potente.
En la novela «El ladrón cuántico» de Hannu Rajaniemi se utilizan estados cuánticos para manipular la realidad: el vacío comprimido podría ser una herramienta de ese mundo.