El viento solar no es un flujo uniforme, sino más bien racheado. En su interior, los protones y los núcleos de helio no viajan a una única velocidad, sino con una dispersión, como gotas en el chorro de una manguera. Normalmente, esta dispersión se describe con una curva simple en forma de campana. Pero los instrumentos de alta precisión a bordo de la sonda Solar Orbiter mostraron que, en realidad, la distribución de velocidades está surcada por pequeños escalones y colinas.
Estas irregularidades no son un detalle menor. Determinan cómo se comportan las ondas sonoras en el viento solar. Estas ondas pueden amortiguarse, cediendo energía a las partículas, o, por el contrario, crecer. Los científicos compararon dos cálculos: uno con las distribuciones reales, "rugosas", y otro con las simplificadas y suaves. La diferencia resultó ser fundamental. El modelo suave predecía que la onda se amortiguaría rápidamente. Pero los datos reales mostraron que la onda no solo puede no amortiguarse, sino incluso intensificarse.
Esto significa que, para comprender el clima espacial y el calentamiento de la corona solar, es necesario tener en cuenta la estructura fina de los flujos. Las características generales —temperatura, velocidad media— no ofrecen una imagen completa. Como en la cocina: dos platos con la misma lista de ingredientes pueden resultar completamente diferentes si los alimentos se cortan de distinta manera.
El viento solar sopla a velocidades de entre 300 y 800 kilómetros por segundo: más rápido que una bala, pero mil veces más lento que la luz.
En la novela de Arthur C. Clarke "Viento solar", los protagonistas compiten en una regata de veleros impulsados por la presión de la luz solar, y el conocimiento preciso de las ráfagas de viento decide el resultado.