El vapor que se eleva sobre un metal caliente es una vista familiar en la cocina. Pero si en lugar de agua usamos rubidio, esa nube se convierte en una batería. No funciona mediante reacciones químicas, sino gracias a la coordinación cuántica de los átomos.
En el experimento, una nube de vapor con un billón de átomos de rubidio (un metal alcalino parecido al sodio) se colocó en una celda de vidrio. Los átomos se comportaban como una orquesta: sus espines (pequeños 'peonzas' internos) giraban sincronizados. Este estado de coherencia cuántica es cuando muchas partículas actúan como un todo, no como una multitud de individuos. Fue precisamente esa coordinación la que permitió almacenar energía. La capacidad de la 'batería' se midió directamente, sin tomografía compleja, simplemente calculando la energía disponible en diferentes estados de la nube. Resultó que la coherencia aumenta considerablemente la capacidad, incluso si el número de átomos excitados no cambia.
Cuando se añadió un campo magnético al sistema, la coordinación de los átomos comenzó a romperse, como si los músicos de la orquesta empezaran a tocar cada uno por su cuenta. Junto con la pérdida de coherencia, la capacidad también disminuía. Los científicos observaron una clara relación: cuanto menos orden, menos energía se puede almacenar. Esta dependencia se describe mediante la entropía, una medida del desorden. Así, la nube de vapor se convirtió en un modelo tangible de termodinámica cuántica, donde se puede tocar la relación entre energía e información.
Resulta que el vapor caliente no es solo calor, sino un posible depósito de energía cuántica. Y cuanto más coordinados estén los átomos, más energía pueden almacenar.
El rubidio se funde ya a 39 grados Celsius: se puede derretir en la palma de la mano, y su vapor se obtiene con un calentamiento suave.
En la novela 'Acelerando' de Charles Stross, los estados cuánticos se utilizan para almacenar y transmitir energía en un futuro lejano.