Cada vocal es una forma particular de la boca, la lengua y la garganta. Cuando una persona pronuncia «a», «i» o «u», dentro de la cabeza no solo cambia el aire, sino también la forma en que las ondas de radio la atraviesan. Los investigadores observaron este proceso con imágenes de resonancia magnética tomadas durante el habla y construyeron un modelo informático preciso de la cabeza, desde los huesos hasta los tejidos blandos.
Luego hicieron pasar por el modelo señales de radio de 1 a 6 gigahercios (aproximadamente el rango del Wi-Fi) y las compararon con lo que captaron los sensores en las cabezas de dos personas reales. El cuadro coincidió: las ondas no atraviesan la cabeza como si fuera vidrio, sino que se dispersan, como la luz en la niebla. Además, cada vocal produce su propio patrón de manchas brillantes y oscuras: máximos y mínimos de señal.
El hallazgo principal es que la forma de la señal no es aleatoria. Se compone de dos factores: cómo resuena la propia cabeza (como una campana en ciertas notas) y dónde están exactamente las antenas receptora y transmisora. Al cambiar de vocal, la persona desplaza ligeramente esas resonancias, y en el otro extremo del «cable» se ve un pico o un valle característico. Es como sintonizar una radio, pero en lugar de una perilla, se usa el movimiento de la mandíbula.
Este modelo abre el camino a dispositivos que lean el habla silenciosa: una antena capta la señal de radio que atraviesa la cabeza, y un programa determina según su patrón qué vocal se pronunció, incluso si los labios no se movieron.
En las frecuencias de 1 a 6 GHz, la cabeza humana se comporta como una esfera de unos 20 cm de diámetro, y las ondas de radio se dispersan en ella de manera similar a como la luz se dispersa en las gotas de agua de una nube: esto se llama dispersión de Mie.
En la novela «Neuromante» de William Gibson, las personas se comunican con las máquinas sin palabras: interfaces de radiofrecuencia similares podrían ser el primer paso hacia ese diálogo mudo.