Un patinador se desliza sobre el hielo, acercándose poco a poco al centro de la pista. Un leve giro del torso — y la espiral suave se rompe, la trayectoria se vuelve impredecible. Algo parecido ocurre cuando un agujero negro pequeño con rotación propia (espín) cae hacia un agujero negro gigante. Durante mucho tiempo se pensó que para que surgiera ese caos se necesitaba un espín increíblemente rápido. Una nueva investigación ha demostrado que el caos aparece de manera estable incluso con valores ordinarios y astrofísicamente plausibles.
El resultado clave del trabajo es un método que permite escuchar este caos en las ondas gravitacionales. Cuando la órbita es regular, las ondas que produce se asemejan a un acorde musical puro: unos pocos picos de frecuencia brillantes y bien separados. El movimiento caótico, en cambio, genera un espectro ruidoso y denso, donde entre los picos principales aparecen muchos otros adicionales y más débiles. Los autores introdujeron una medida de la "planitud espectral local" — algo así como comprobar cuán uniformemente se distribuye la energía entre frecuencias vecinas. En las señales caóticas, esta planitud resultó ser cientos de veces mayor que en las regulares.
El hallazgo es importante para futuros detectores espaciales como LISA, que captarán ondas gravitacionales de fusiones de agujeros negros en los centros de las galaxias. Saber distinguir el caos del orden directamente por la forma de la señal dará a los astrónomos una nueva herramienta para medir los espines de estos objetos invisibles y para comprobar cómo funciona exactamente la gravedad en campos fuertes. Así, la danza del patinador que comenzó con un leve giro adquiere una voz — y esa voz se puede descifrar.
El efecto del caos en estos sistemas es tan sutil que dos agujeros negros casi idénticos, que difieren en su velocidad de rotación solo en una centésima de porcentaje, pueden, tras miles de vueltas, encontrarse en puntos completamente distintos de la órbita.