Las observaciones ultraprofundas del telescopio James Webb de dos galaxias del universo temprano (de unos 600 millones de años) mostraron claros indicios de potentes vientos estelares y fuerte emisión de helio. Estas características solo pudieron explicarse con modelos que incluyen estrellas muy masivas (más de 100 masas solares), casi ausentes en el universo actual. El análisis indica que las estrellas en esas galaxias son extremadamente jóvenes (1–2 millones de años) y producen fotones ionizantes con mucha mayor eficiencia de lo que se creía. Al parecer, en el amanecer cósmico tales gigantes eran algo habitual y marcaban la pauta del desarrollo de las primeras galaxias.
La luz de dos galaxias, captada por el telescopio James Webb, viajó hasta nosotros durante 13 mil millones de años, partiendo 600 millones de años después del Big Bang. Al descomponer esa luz en colores (análisis espectral), los astrónomos no solo vieron galaxias lejanas, sino auténticos faros luminosos: en ellas ardían estrellas gigantes.
Resultó que allí rugían pesos pesados estelares, con masas de 200 a 300 veces la del Sol. Sus vientos desenfrenados y su feroz luz ultravioleta dejaban huellas nítidas en el helio emitido y otros elementos. Como enormes reflectores, atravesaban el frío hidrógeno circundante, despejándose el camino y haciendo el Universo transparente. Sin estos colosos, el cosmos en expansión habría seguido siendo un turbio caldo de hidrógeno, sin engendrar estrellas más pequeñas ni planetas.
La ironía es que vivieron apenas un suspiro —alrededor de un millón y medio de años, menos que un parpadeo del ojo del cosmos. Pero ese destello superbrillante encendió la luz en una oscuridad antes impenetrable y cambió para siempre la faz del universo.
🎯 El actual poseedor del récord, R136a1, es 265 veces más pesado que el Sol, pero el joven Universo producía cientos como él: eran algo común.