Los detectores de ondas gravitacionales son micrófonos que escuchan el temblor del espacio. Pero su propio ruido ahoga las señales débiles. Para oír más, los físicos añaden al instrumento una luz "comprimida" especial: reduce las interferencias cuánticas, como la cancelación de ruido en los auriculares.
Sin embargo, esta luz atraviesa los espejos del detector, y estos la distorsionan ligeramente, como un cristal curvo estropea la imagen. Los científicos han encontrado dos tipos de distorsiones. La primera se debe al calentamiento de los espejos por el potente haz, y actúa lentamente. La segunda se debe a pequeñas irregularidades, y es más rápida. En los detectores actuales molesta más la primera, mientras que en los futuros, con brazos más largos, será la segunda.
Al saber de dónde provienen estas distorsiones, los ingenieros podrán ajustar los instrumentos con mayor precisión. Así, los detectores serán más sensibles y captarán más ondas gravitacionales de lejanas colisiones de agujeros negros.
La luz comprimida es aquella en la que una característica (por ejemplo, la fase) está determinada con mayor precisión, y otra (la amplitud) con menor precisión que la luz ordinaria. Esto permite reducir el ruido en la parte de la medición que interesa.
En la novela "Contacto" de Carl Sagan, los científicos captan una señal del espacio con radiotelescopios; la sensibilidad de estos instrumentos también depende de la supresión del ruido.