El universo cocina agujeros negros al sous-vide: lentamente y sin prisas. Tras la transición de fase, no explota, sino que se va calentando, dando tiempo a que las diminutas inhomogeneidades crezcan. Lo que parecía un susurro se convierte en el estruendo del colapso. Así nacen los agujeros negros asteroidales, posiblemente la propia materia oscura. La receta está cifrada en las ondas gravitacionales.
🎯 Un agujero negro primordial de masa asteroidal (~10²⁰ g) tendría el tamaño de un núcleo atómico, pero pesaría como una montaña. Al atravesar la Tierra, dejaría solo un túnel microscópico y una leve firma térmica: un auténtico fantasma, casi imposible de detectar.