Una pequeña peonza cargada está encerrada en un congelador del tamaño de un guisante. La temperatura es de cuatro grados por encima del cero absoluto, y el temblor térmico casi se ha detenido. Esa peonza es el ion molecular OH⁺, al que se le arrancó un electrón, dejándolo con carga positiva. Ahora flota en el vacío, rodeado de campos eléctricos, esperando a que le apunten con un haz de luz.
Los científicos midieron cómo el ion absorbe energía en dos rangos: cerca de 3 micrómetros (la luz infrarroja hace que los átomos vibren entre sí) y alrededor de 1–2 terahercios (microondas que cambian la rotación de toda la molécula). Las líneas rotacionales en torno a 2 THz se registraron por primera vez con una precisión comparable a la de un reloj de microondas: el error es menor de una millonésima de porcentaje. El problema es que el campo magnético terrestre, como un director invisible, divide cada línea en varios componentes (efecto Zeeman), distorsionando el panorama. Al modelar estas distorsiones en una computadora, los investigadores reconstruyeron las frecuencias verdaderas, las que la molécula tendría en completo silencio, sin interferencias magnéticas.
Combinando los nuevos datos con mediciones anteriores, los autores construyeron un panorama general de los niveles de energía del OH⁺. Es como afinar un instrumento musical: cada línea es una nota, y su posición exacta habla de la rigidez de los enlaces dentro de la molécula. Las constantes refinadas, especialmente para el estado vibracional fundamental, ahora se conocen con una fiabilidad récord. Los astrónomos, al examinar los espectros de galaxias lejanas, podrán identificar con mayor seguridad el OH⁺ y, a través de su brillo, deducir los flujos de rayos cósmicos que atraviesan el polvo cósmico. Este ion es como un flotador luminoso en el oscuro océano del espacio, que señala corrientes ocultas de energía. Y ahora conocemos su señal con mucha más precisión.
El ion OH⁺ es uno de los primeros en formarse en nubes difusas cuando los rayos cósmicos arrancan electrones de las moléculas. Su emisión en el infrarrojo la usan los astrónomos como indicador del "clima" en el medio interestelar, pero sin datos de laboratorio es casi imposible descifrar esas señales.