En 2017, los detectores captaron un estremecimiento del espacio: las ondas gravitacionales de la fusión de dos estrellas de neutrones. En ese mismo instante, los telescopios vieron un destello. Así, por primera vez, un mismo evento habló en dos idiomas a la vez: el de la luz y el de la gravedad. Pero cuanto más tiempo siguieron los astrónomos el resplandor que se desvanecía, más extraño era su comportamiento.
Normalmente, tras una colisión de este tipo nace un chorro estrecho: un haz de partículas que viaja casi a la velocidad de la luz. Si el chorro apunta en dirección opuesta a nosotros, su luz debería atenuarse rápidamente cuando se expande. Aquí, sin embargo, todo era diferente: el brillo disminuía de manera muy gradual. Como si alguien siguiera iluminando la nube en expansión desde dentro. Esto no encajaba con la imagen de un haz directo.
Los autores del estudio propusieron que el chorro no permanecía fijo. Se balanceaba como una manguera de jardín bajo alta presión y trazó un anillo luminoso en el cielo. Con el tiempo, vemos un arco cada vez más largo de ese anillo, por lo que la luz se desvanece tan lentamente. La simulación por computadora mostró que un chorro 'bamboleante' explica las observaciones 4,8 veces mejor que un haz estrecho y rígido.
Esto no es solo la solución de un evento. La atenuación lenta también se ha observado en otros estallidos de rayos gamma. Si los chorros tambaleantes son algo común, nuestras ideas sobre cómo funcionan las explosiones más poderosas del universo pronto se volverán mucho más dinámicas.
Si un chorro tambaleante como este brillara en el rango visible, un observador externo vería en el cielo no un punto, sino un anillo que se enciende y se apaga gradualmente: una 'rosquilla' cósmica del tamaño de la Luna llena.
En la novela '2010: Odisea dos' de Arthur C. Clarke, un misterioso anillo en una luna de Júpiter resulta ser una puerta a otros mundos; aquí, el anillo lo dibuja la propia física de la explosión.