Imagina la Luna resonando como una campana al paso de ondas gravitacionales. Conociendo los parámetros de la onda, se puede estudiar su interior a partir del "tañido" lunar — algo así como cuando golpeamos un objeto y por el sonido deducimos de qué material está hecho. ¿Podrían entonces los "estremecimientos" lunares desvelar los misterios de su estructura interna?
Ya en la década de 1960, el físico Joseph Weber intentó captar ondas gravitacionales con cilindros de aluminio que debían vibrar como diapasones por la ondulación del espacio-tiempo. Los detectores modernos como LIGO, construidos con la participación de Rainer Weiss, registran esas oscilaciones de fusiones de agujeros negros. Pero, ¿y si convertimos toda la Luna en una antena? Cuando una onda atraviesa el satélite, este comienza a repicar como una campana. Analizando las frecuencias y la intensidad de ese tañido —al igual que la espectroscopia determina la composición de las estrellas por el color de la luz—, los geofísicos reconstruyen la estructura interna: dónde hay rocas densas y dónde quizás se esconde un núcleo fundido. La precisión de esta «escucha» aumenta diez veces en comparación con la sismología ordinaria. Y para provocar el repique lunar no hacen falta explosiones: bastan los cataclismos cósmicos a miles de millones de años luz.
🎯 Las rocas lunares carecen de humedad, que en la Tierra amortigua rápidamente las vibraciones, por lo que los lunamotos duran desde diez minutos hasta varias horas: un entorno ideal para «escuchar» señales gravitacionales débiles.