La evaporación de diminutos agujeros negros en el Universo primitivo podría haber generado ondas gravitacionales potentes, como las ondas en el agua al arrojar una piedra. Pero los científicos descubrieron que una pequeña diferencia en las masas de los agujeros suaviza este proceso, haciendo la señal casi imperceptible. Esto cambia la idea de qué tipo de agujeros negros pudieron existir. Imagina que en lugar de un gran chapoteo oímos solo un susurro: ¿a dónde fue la energía?
En el universo temprano, surgieron agujeros negros primordiales, objetos no más grandes que un átomo pero con la masa de una montaña. Se evaporan gradualmente y, antes de desaparecer, deberían generar ondas gravitacionales, ondulaciones en el espacio-tiempo. Si todos fueran idénticos, estallarían al mismo tiempo, como granos de palomitas de maíz, produciendo un estruendo ensordecedor.
Pero a la física no le gusta la uniformidad. Según Stephen Hawking, incluso en agujeros negros gemelos existe una inevitable y minúscula dispersión de masas. Una diferencia de menos del uno por ciento lo cambia todo: los agujeros se evaporan no al unísono, sino uno por uno. El «concierto» gravitacional se convierte en un crepitar apenas audible. Esta señal débil casi se pierde entre otros ruidos cósmicos, y es precisamente este descubrimiento lo que rehabilita a los agujeros negros primordiales como candidatos a ser la materia oscura. Cabe destacar que de todo el espectro gravitacional, solo una parte, la asociada al nacimiento de los agujeros, tiene posibilidades de ser detectada, pero incluso ese susurro puede delatar la presencia de masa invisible.
🎯 Si todos los agujeros negros primordiales tuvieran la misma masa, generarían un «rugido» gravitacional tan potente como el Big Bang. Pero la naturaleza prefirió un susurro.