Cada electrón es un imán en miniatura. En una capa de cloruro de hierro de un átomo de espesor, todos se orientan en la misma dirección, como bailarines en una coreografía perfectamente sincronizada. Normalmente, la naturaleza evita ese orden (eso es alta entropía), pero las fuerzas cuánticas los obligan a obedecer.
Usando un microscopio especial que «ve» el espín de cada átomo, los científicos demostraron que esta capa es un imán real, que se puede encender y apagar con un voltaje minúsculo.
El dato más sorprendente: por composición química, es casi óxido. Pero si un clavo oxidado es inútil, la capa monoatómica abre el camino a la espintrónica: electrónica donde la información se transmite no por carga, sino por estado magnético, lo que promete dispositivos ultrarrápidos y eficientes. Las ideas de los pioneros del magnetismo Heisenberg y Pauli encontraron una encarnación inesperada en este material bidimensional.
El cloruro de hierro es, en composición química, muy parecido al óxido común, pero en monocapa se convierte en un imán cuántico con propiedades sorprendentes.