La aurora boreal es como un teatro lejano: la función puede estar en marcha, pero si el espectador la ve o no depende del telón. El telón aquí son las nubes y la luz de la Luna. Antes, los pronósticos intentaban adivinar a la vez si había aurora y si las condiciones de observación eran buenas, mezclándolo todo en un mismo saco. Es como predecir si gustará una obra sin distinguir entre la actuación de los actores y la visibilidad desde la última fila.
Los autores del estudio hicieron algo distinto. Construyeron un sistema de dos pasos. El primer paso es un algoritmo entrenado con años de observaciones que, a partir de 51 parámetros del viento solar y del campo magnético terrestre, calcula la probabilidad de que haya aurora. El segundo paso es un modelo más simple que, sabiendo que hay aurora, evalúa si las nubes la ocultarán o si la Luna la eclipsará. Multiplicando estas dos probabilidades se obtiene la probabilidad final de ver la aurora a simple vista.
Las pistas clave para el primer paso resultaron ser la interacción del índice planetario de actividad geomagnética con el lado nocturno de la Tierra, el tiempo magnético local y la distancia al óvalo de las auroras; juntos explican el 39% de la capacidad predictiva. El sistema ya funciona como prototipo y se ha probado en tres ubicaciones diferentes en Escandinavia. Este enfoque no solo ayuda a los cazadores de auroras a planificar sus salidas, sino que también ofrece a los investigadores una herramienta para estudiar la conexión entre el Sol y la Tierra.
El óvalo de las auroras es un anillo alrededor del polo magnético donde las auroras son más frecuentes. Su diámetro es de unos 3000 kilómetros y está ligeramente desplazado hacia el lado nocturno de la Tierra.