Dos piedrecitas caen al agua y los círculos en la superficie se cruzan, mezclando sus patrones. Algo parecido hacen los neutrinos: partículas ligeras que nos atraviesan por miles de millones cada segundo. Son capaces de transformarse de un tipo a otro, como un actor que cambia de máscara. A esta danza los físicos la llaman oscilaciones.
Pero, ¿y si el propio escenario por el que se mueven los neutrinos no fuera perfectamente liso? En la teoría de Einstein-Cartán, el espacio no solo puede estar curvado, sino también ligeramente retorcido, como una escalera de caracol. Esa torsión se llama torsión. Los autores del trabajo analizaron cómo afecta la torsión a las transformaciones de los neutrinos. Resulta que las nuevas fórmulas de oscilación dependen de la orientación del espín de la partícula, es decir, de su rotación propia.
En la práctica, esto significa que, observando los flujos de neutrinos provenientes del Sol o de lejanas supernovas, se podrían buscar huellas de campos de torsión. Este enfoque convierte a las propias partículas en sondas sensibles que palpan la geometría más sutil del universo. Entonces, los círculos en el agua no solo hablarán de las piedras lanzadas, sino también de qué está hecha el agua misma.
Los neutrinos interactúan tan débilmente con la materia que pueden atravesar un año luz de plomo sin tocar ni un solo átomo.
En la novela «Solaris» de Stanisław Lem, el océano afecta al propio tejido del espacio, de manera similar a como la torsión podría influir en las partículas que lo atraviesan.