Un hervidor hirviendo con la tapa cerrada no muestra el burbujeo, pero el sonido y la vibración delatan la potencia de ebullición del agua. Los sistemas cuánticos son similares: su sensibilidad extrema — la precisión con que detectan un campo magnético o una onda gravitacional — antes se calculaba reconstruyendo todas sus propiedades (tomografía). Es como hacer un inventario de cada gota. El nuevo enfoque utiliza el aprendizaje automático para predecir la medida clave (la información de Fisher cuántica, QFI) con solo un par de mediciones simples. La clave fueron la coherencia mutua de las partículas — el entrelazamiento, por cuya investigación John Clauser y Anton Zeilinger recibieron el Premio Nobel — y los modos de baja frecuencia en el espectroscopía de energías.
Esto es sorprendente: intuitivamente parece que las salpicaduras de alta energía son más importantes, pero los ritmos tranquilos son más informativos. Ahora la QFI, relacionada con la entropía — medida de incertidumbre — se predice rápidamente, sin la engorrosa tomografía. El límite fundamental de precisión, similar a la velocidad de la luz, se vuelve accesible en un par de mediciones.
El término «información de Fisher» proviene de la estadística de los años 1920: Ronald Fisher lo introdujo mucho antes de la aparición de la mecánica cuántica.
Extraer lo esencial de lo pequeño es un viejo recurso de la ciencia ficción: recuerde los escáneres que, con un solo rayo, determinan la composición de un planeta lejano.