Las supernovas — explosiones estelares que eclipsan por un tiempo sus galaxias — sirven a los astrónomos como faros cósmicos: conociendo su brillo real, podemos calcular la distancia. Pero la luz de estos faros se enrojece y atenúa al atravesar el polvo interestelar, una especie de niebla cósmica. Antes no estaba claro si este enrojecimiento se debía a la propia explosión o solo al polvo.
El análisis de casi mil supernovas mediante la descomposición de la luz en colores (espectroscopía) y la medición precisa del brillo (fotometría) ha revelado que las explosiones de enanas blancas — restos estelares superdensos — tienen siempre el mismo color. Todo el enrojecimiento observado proviene del polvo.
Ahora queda claro: al corregir el efecto del polvo, las supernovas se convierten en «candelas estándar» ideales. Los astrónomos pueden rastrear con mayor precisión la expansión del universo y afinar los parámetros de la energía oscura.
El polvo cósmico, considerado durante mucho tiempo solo un estorbo, se ha convertido inesperadamente en una herramienta clave para verificar la fiabilidad de las distancias cosmológicas.