Los datos observacionales apuntan a la posible existencia de multitud de objetos de masa planetaria en las regiones exteriores del sistema solar. Las interacciones gravitacionales pueden traerlos esporádicamente a las regiones interiores. Tradicionalmente, la colisión de la Tierra primitiva con un cuerpo del tamaño de Marte se considera el mecanismo de formación de la Luna; sin embargo, son más probables los acercamientos tangenciales o los sobrevuelos cercanos que los impactos directos. Estos eventos provocan intensos efectos de marea: olas gigantes, episodios de vulcanismo, regresiones marinas, lluvias de meteoros coherentes y cambios climáticos abruptos. La comparación con los datos geológicos muestra que estas catástrofes pueden explicar varias extinciones masivas importantes en los últimos 600 millones de años. Es probable que episodios similares hayan ocurrido repetidamente en la historia más antigua de la Tierra. Además, la acreción de planetas menores por los planetas grandes y el Sol a lo largo de 4 mil millones de años pudo causar fluctuaciones adicionales de temperatura en los planetas terrestres.
En los rincones más remotos del sistema solar se esconden miles de objetos del tamaño de un planeta. A veces, sus trayectorias se cruzan con la órbita terrestre. No hace falta que choquen: incluso pasando cerca, un monstruo así puede desatar una catástrofe.
Estos eventos dejaron huellas en las rocas: capas de ceniza y restos de animales arrasados por todo el mundo. La extinción de los dinosaurios hace 66 millones de años quizá no la causó solo un asteroide, sino también un planeta errante. Y el propio Sol, en su larga vida, ha capturado a estos vagabundos, por lo que su calor se intensificó temporalmente: la Tierra se congelaba o se asaba.
🎯 Las fuerzas de marea amasan a Ío, luna de Júpiter, tanto que no para de expulsar lava, como un atizador cósmico que remueve las brasas.
🎬 En la novela «Evolución» de Stephen Baxter, el paso de una estrella de neutrones altera el clima terrestre y provoca una extinción.