Dos agujeros negros giran en una danza lenta, acercándose gradualmente. Su movimiento perturba el propio espacio-tiempo, como si dos bolas pesadas rodaran sobre una sábana tensa, haciéndola vibrar. A estas vibraciones las llamamos ondas gravitacionales. Pero hay un efecto más sutil: el tejido oscilante del espacio-tiempo puede crear partículas directamente desde el vacío.
En la física cuántica, el vacío no está del todo vacío: en él surgen y desaparecen constantemente pares de partículas y antipartículas. Normalmente se aniquilan de inmediato, pero una fuerte curvatura del espacio-tiempo puede separarlos, convirtiéndolos en partículas reales y observables. Así funciona la radiación de Stephen Hawking en un agujero negro aislado. Los autores del nuevo trabajo aplicaron esta idea a un sistema de dos agujeros negros en la etapa temprana de su acercamiento, cuando aún están lejos entre sí y la gravedad no es demasiado fuerte.
El resultado fue inesperado: el espectro de las partículas creadas no es térmico, como en la radiación de Hawking, sino de ley de potencias. La energía transportada por las partículas crece con la frecuencia de la onda gravitacional según ~$ω^{16}$/3. En otras palabras, cuanto más rápido giran los agujeros, más potente es el flujo de partículas. Por ahora, el cálculo cubre solo la fase tranquila de inspiral, mientras que la fusión violenta queda para el futuro. Pero ya está claro: los agujeros negros danzantes hacen que el vacío brille.
El efecto de creación de partículas por el campo gravitacional fue predicho teóricamente ya en la década de 1970, pero para agujeros negros binarios se calculó por primera vez solo ahora.
En la novela «Tau Zero» de Poul Anderson, la tripulación de una nave estelar observa cómo, bajo una fuerte aceleración, el vacío comienza a emitir partículas: un eco de esos mismos efectos cuánticos en el espacio-tiempo curvado.