Un ordenador cuántico se parece a una orquesta, donde cada músico —un cubit— debe tocar su parte con precisión y a tiempo. Normalmente, los músicos se sientan en lugares fijos y se conectan mediante atriles y cables. Pero, ¿y si se les permitiera moverse libremente por el escenario y el movimiento mismo se convirtiera en parte de la música? Eso es exactamente lo que se ha hecho con electrones en un chip de silicio: se les ha hecho correr por una 'cinta transportadora' de campos eléctricos, y resulta que la carrera en sí puede ejecutar operaciones cuánticas.
El electrón no solo lleva carga, sino también espín —un diminuto momento magnético que actúa como cubit. Al mover el electrón a través de regiones con campo magnético variable, se logró 'mecer' su espín, como un columpio, entrando en resonancia exacta con la velocidad de la carrera. Este método se ha denominado resonancia de espín dipolar eléctrica de cinta transportadora. El segundo enfoque es aún más ingenioso: cambiando bruscamente la dirección del movimiento, se hacía que el eje del espín se inclinara, y esa inclinación se usaba para operaciones ultrarrápidas tipo 'clic'. Y cuando dos electrones se acercaban en plena carrera, sus espines empezaban a sentirse mutuamente, y según la velocidad y la distancia se obtenían diferentes tipos de interacción, como bailarines que cambian de figura simplemente acelerando o frenando el paso.
El resultado principal es un principio arquitectónico: las conexiones computacionales entre cubits no tienen que estar soldadas de forma permanente, sino que pueden definirse dinámicamente, cambiando rutas y velocidades de movimiento. Esto recuerda a una red de transporte urbano donde los cruces se reconfiguran según el flujo de tráfico actual, en lugar de estar fijos para siempre. En el futuro, este enfoque permitirá crear procesadores cuánticos que optimicen su propio 'mapa de carreteras' para cada tarea específica, sin necesidad de reconfigurar físicamente el chip.
La velocidad de la cinta transportadora a la que el espín entra en resonancia es de solo unos pocos metros por segundo, aproximadamente la de una bicicleta de paseo. Pero para un electrón, cuyo mundo se mide en nanómetros, es como atravesar un continente en una fracción de segundo.
En la novela 'La era del diamante' de Neal Stephenson, los nanorobots viajan por una superficie cambiando sus propiedades según el entorno, casi como los cubits de espín controlados por el movimiento.