El espacio-tiempo no está vacío: tiembla. Tras el Big Bang, el universo estaba lleno del zumbido de las ondas gravitacionales, similar al grave tañido de una campana gigante. En esa ondulación, como se ha descubierto recientemente, pueden nacer partículas de materia oscura, esa sustancia invisible que mantiene unidas a las galaxias.
Pero la idea anterior tenía un problema. Las ondas gravitacionales creaban partículas sin masa, y hacerlas masivas requería un paso adicional, con campos y suposiciones extra. El nuevo trabajo elimina esa muleta. Los autores parten de una geometría del espacio-tiempo con torsión (una posibilidad que ya contemplaba Élie Cartan) y muestran que cuando el espacio no solo está curvado, sino también retorcido, la partícula nacida adquiere masa automáticamente. No es un parámetro libre, sino un hijo del ritmo de expansión del universo en ese momento.
El cálculo reduce elegantemente todo a una sola magnitud: el ritmo de expansión de Hubble en la era del nacimiento. La cantidad de materia oscura en el universo depende ahora solo de lo rápido que se expandía entonces. Menos conjeturas, más geometría.
La torsión del espacio-tiempo no es una excentricidad: en la relatividad general de Einstein no existe, pero surge de forma natural si se intenta unificar la gravedad con la teoría cuántica.
En la novela «Gravity» de Alastair Reynolds, las ondas gravitacionales se usan como un arma capaz de deformar la materia; aquí, en cambio, actúan como creadoras.