Un estallido rápido de radio (FRB) es como una carrera de corredores: las frecuencias bajas, como novatos lentos, se quedan atrás respecto a las altas, más veloces. Al atravesar la 'muchedumbre' cósmica cargada (electrones libres), pierden el ritmo, y cuanto mayor es la distancia, más se amplía la brecha. Esta diferencia —la medida de dispersión— fue observada por primera vez en los años 30 por Karl Jansky, fundador de la radioastronomía, y Jocelyn Bell Burnell relacionó pulsos similares con estrellas de neutrones.
Los astrónomos analizaron 90 estallidos y notaron que cuanto más lejana —y por tanto más joven (ley de Edwin Hubble)— es una galaxia, más transparente es a las ondas de radio: tiene menos electrones. Con el tiempo, las galaxias acumulan gas ionizado y el retraso de la señal aumenta. Sorprendentemente, este crecimiento sigue el mismo ritmo que la antigua formación estelar: las 'fábricas' de estrellas, al engendrar astros, impregnan el espacio de partículas cargadas. Más tarde, esas mismas regiones producen magnetares, que originan los FRB. Así, un solo pulso conecta el nacimiento y la muerte de las estrellas con la evolución invisible de las galaxias. Estos datos son esenciales para no confundirnos al medir distancias y la distribución de la materia oscura.
¡La medida de dispersión de una ráfaga rápida de radio es tan exacta que, si reuniéramos todos los electrones de su trayectoria, su carga te pondría los pelos de punta a un kilómetro de distancia!