Una bolita está en un hoyo. Por sí sola no saldrá de ahí: necesita un empujón. Pero en el mundo cuántico, una partícula puede filtrarse a través de una barrera sin energía extra. Ese truco se llama tunelización. Un truco similar podría hacerlo también el vacío del universo: si no es el más estable (los físicos dicen «falso vacío»), algún día pasará espontáneamente a otro estado. Las consecuencias serían catastróficas.
La gravedad influye mucho en esa transición. Se puede describir de varias maneras. A través del espacio-tiempo curvo, como en la teoría de Einstein. A través de su «torsión»: es la gravedad teleparalela, o TEGR. O a través de la «no simetría»: la gravedad teleparalela simétrica, STEGR. En la física clásica, las tres versiones dan las mismas predicciones. Como tres traducciones de un mismo libro. Pero, ¿se mantiene esa igualdad en el reino cuántico, donde reina el azar? Los autores del trabajo pusieron a prueba la idea con la desintegración del falso vacío.
Esa coincidencia no es solo un ejercicio matemático. A nivel cuántico sugiere que los diferentes «lenguajes» de la gravedad describen una misma realidad profunda. Y si algún día entendemos por qué el vacío es estable (o no), eso ayudará a refinar el modelo estándar de la física de partículas y, quizás, a mirar más allá de él.
El falso vacío no es solo teoría: si nuestro universo estuviera en ese estado, su desintegración podría comenzar en cualquier punto y propagarse a la velocidad de la luz, reescribiendo las leyes de la física a su paso.
En la novela «El fin de la eternidad», Isaac Asimov describe una realidad donde cambiar el pasado puede tener consecuencias catastróficas, algo parecido a la reacción en cadena de la desintegración del falso vacío.