Dos estrellas de neutrones —restos ultradensos de estrellas masivas— se fusionan en una sola, y el espacio a su alrededor se estremece: nace una onda gravitacional, una ondulación en el propio tejido del espacio-tiempo. Casi al mismo tiempo, del lugar de la catástrofe surge un estrecho chorro de materia: el jet. Se mueve casi a la velocidad de la luz y, al atravesar la envoltura exterior de materia expulsada, provoca un destello.
Los autores del trabajo tomaron un modelo informático ya existente de la fusión y lanzaron en él un jet, variando el momento de inicio y la potencia. Siguieron cómo la onda de choque del jet perfora la envoltura hasta la capa desde la que la luz puede escapar (la fotosfera). Luego calcularon el brillo aparente del destello para diferentes ángulos de visión y dos variantes de opacidad de la envoltura. Resultó que el retraso entre la señal gravitacional y la luz casi no depende ni del ángulo desde el que miremos ni de la turbidez de la envoltura. La diferencia no supera una décima de segundo.
Este resultado se comparó con un evento real: GRB 170817A, registrado en 2017. El modelo que mejor coincidió fue aquel en el que el jet casi se quedó atascado en la envoltura, sin lograr atravesarla por completo. Precisamente ese escenario dio el brillo y la duración correctos de la señal.
El retraso entre la onda gravitacional y la luz de la fusión de estrellas de neutrones es un cronómetro cósmico que no se desajusta, incluso si miramos la explosión en ángulo.
En la novela «Contacto» de Carl Sagan, la señal del espacio también llega por diferentes canales con un retraso, y descifrar ese retraso se convierte en la clave para entender el mensaje.