A principios del siglo XX, Einstein mostró que la gravedad es una curvatura del tejido del espacio-tiempo. Posteriormente, los destellos de supernovas lejanas revelaron que la expansión del Universo se acelera. Ese misterioso acelerador fue bautizado como energía oscura, pero su potencia predicha no coincidía con la realidad por un factor de miles de millones.
La clave está en la gravedad libre de escalas preferentes. Después del Big Bang y la inflación, el Universo era como un estanque tranquilo. El teorema de Emmy Noether sobre simetrías explica por qué esta imagen es estable. Pero la agitación cuántica —como la lluvia— inevitablemente crea ondulaciones. Estas ondulaciones son precisamente la energía oscura; no se pueden eliminar con ningún ajuste.
Dato curioso: esas mismas ondulaciones dieron origen a los primeros grumos de materia, sin los cuales no habrían surgido las estrellas y las galaxias. La pregunta «¿por qué la energía oscura es tan pequeña?» da paso a la pregunta sobre los números que subyacen al cosmos, una pista que nos lleva a los trabajos de Robert Dicke y el campo de Higgs.
Si la simetría de escala no se rompiera, no habría ni una sola estrella o galaxia en el Universo: la perfecta lisura impide cualquier estructura.