En los años 1920, Edwin Hubble y Georges Lemaître demostraron que el Universo se expande. Hoy medimos esta expansión de dos maneras. El fondo cósmico de microondas (la luz del Big Bang) indica una velocidad, y Adam Riess, al observar estrellas en explosión, ve otra. La clave está en la energía oscura, que cambia su comportamiento como un constructor cósmico: primero atrae, ayudando a la materia oscura a reunir galaxias, y luego repele, acelerando la expansión.
Las lentes gravitacionales y el corrimiento al rojo de las galaxias confirman que, si la energía oscura hubiera cambiado bruscamente, el cosmos estaría lleno de grumos deformes. Las simulaciones por supercomputadora dibujan un escenario suave. Además, el nuevo modelo supera en precisión al viejo modelo estándar.
En el pasado, la energía oscura no repelía, sino que atraía, y juntaba la materia con más eficacia que galaxias completas.