En 1054, los astrónomos vieron una nueva estrella: el destello de una supernova, cuyo remanente llamamos Nebulosa del Cangrejo. En el centro hay una estrella de neutrones, un núcleo del tamaño de una ciudad que gira frenéticamente (púlsar). Durante años solo se apreciaba un chorro (jet), un fino flujo de gas disparado casi a la velocidad de la luz. Pero el Hubble, el Webb y la radioastronomía han revelado un segundo anillo: exactamente el mismo chorro salió por el lado opuesto y, al chocar con el gas interestelar, dejó su huella.
El hallazgo confirma que la explosión no fue esférica, sino que siguió el escenario de «doble chorro» de las simulaciones numéricas. No es un fuego artificial redondo, sino un globo de pintura que estalla: la materia fue expulsada en dos chorros opuestos. De ahí el delicado dibujo de la nebulosa. Y el retroceso de los chorros le dio al púlsar una velocidad tremenda, como ese globo de pintura que sale disparado en dirección contraria.
Ahora los astrónomos saben qué buscar y examinarán otros remanentes de supernova en busca de anillos gemelos.
La explosión de 1054 fue tan brillante que se observó de día durante todo un mes, y por la noche iluminaba la Tierra; los historiadores hallan registros de ella en crónicas chinas y árabes.