En 1054, observadores terrestres registraron el destello de una «estrella invitada» en la constelación de Tauro, tan brillante que rivalizaba con el Sol. Hoy, su remanente, la Nebulosa del Cangrejo, es un laboratorio cósmico que acaba de deparar una nueva sorpresa. En su corazón late desde hace medio siglo un púlsar —una estrella de neutrones giratoria que acelera materia a velocidades relativistas—, y su famoso jet norte, como una hoja incandescente, atraviesa el capullo de la nebulosa. Pero toda hoja tiene su reflejo. Durante años, los astrónomos sospecharon que el jet debía tener un gemelo especular, nacido en la misma catástrofe. Ahora, en los datos del Hubble, del James Webb y de radiotelescopios ha emergido un anillo fantasma —la huella espectral del contrajet, oculta largo tiempo en la luz difusa.
La idea de eyecciones direccionales al morir una estrella ronda desde hace casi un siglo. El astrofísico suizo Fritz Zwicky, que acuñó la palabra «supernova», ya sugirió en los años 30 que el colapso del núcleo genera no solo un remanente de neutrones, sino también potentes chorros. Más tarde, Jocelyn Bell Burnell, al descubrir el primer púlsar, dio la clave para entender estas máquinas extremas. Hoy, el modelo de jet tembloroso (JJEM) sostiene que una supernova no es una explosión esférica, sino una sucesión de jets emparejados que «se estremecen». Imagina la estrella moribunda como una peonza agonizante que, en sus espasmos finales, escupe chorros de plasma ora a izquierda, ora a derecha, como despidiéndose del cosmos con eyecciones simétricas. Cada par deja su huella en el gas en expansión. El anillo sur es la mitad perdida de una fotografía rasgada: dos chorros, el norte resplandeciente y el sur apenas perceptible, resultaron ser gemelos que se alejan en direcciones opuestas.
Las simulaciones numéricas tridimensionales de explosiones con jets, recreadas en superordenadores, no solo generan anillos, sino también finos filamentos radiales, esos “zarcillos” que aparecen en las imágenes. Cuando el jet choca contra el medio interestelar circundante, en su frontera se desarrollan inestabilidades de Kelvin-Helmholtz, una ondulación parecida a la que se forma cuando un chorro de agua golpea la arena, y que queda congelada en estructuras onduladas. La simulación confirma que el contrajet, debilitado al atravesar un gas no homogéneo, deja una huella visible: un anillo elíptico cuyo centro coincide exactamente con el púlsar. Y el ángulo de 54° entre el eje de los jets y el vector actual de movimiento de la estrella de neutrones es la firma clásica de un empujón asimétrico durante la explosión.
Este hallazgo es más que un detalle adicional de la Nebulosa del Cangrejo. Echa leña al fuego de un debate fundamental: ¿qué es lo que realmente hace explotar a las estrellas masivas? El mecanismo de neutrinos confía en la presión de partículas invisibles, pero no logra explicar ni la simetría puntual de muchos remanentes ni las altas velocidades de los púlsares. El JJEM, en cambio, produce de forma natural tanto la simetría como los empujones. Si el anillo sur es una huella auténtica del contrajet, entonces la supernova de 1054 no fue una bola de fuego, sino un castillo de fuegos artificiales de chorros emparejados. Futuras observaciones con el mismo JWST a lo largo del eje del anillo tal vez capturen el propio cuerpo de la eyección, un fantasma que se aleja volando. Y la búsqueda sistemática de «gemelos» similares en otros remanentes mostrará cuán universal es este escenario. Nos acercamos a una visión de la muerte estelar donde los jets actúan como directores invisibles de una orquesta cósmica, gobernando la simetría, la cinética y, quizás, el mismísimo proceso de creación de elementos. Al fin y al cabo, cada par de jets es como un latido del corazón de la estrella moribunda, que deja su ritmo en el espacio.
La Nebulosa del Cangrejo fue el primer objeto que los astrónomos identificaron con una supernova histórica, descrita por cronistas chinos y árabes en 1054. En aquel entonces, la «estrella invitada» fue tan brillante que se pudo ver de día durante casi un mes, y de noche durante dos años más.
Es como si repitiéramos el camino hacia la solución de la «asimetría de supervivencia» de la novela Visión ciega de Peter Watts: la energía expulsada asimétricamente guarda la clave para entender el cataclismo, solo que aquí no se trata de una nave alienígena, sino de la propia naturaleza de las supernovas.